El amor manifestado en el ser, antes que en el hacer

“Tú creas tu propio universo en el camino”, aseguraba Sir Winston Churchill, primer ministro inglés y Nobel de Literatura en 1953. No hay a quién echarle la culpa, ni al pasado, ni a los padres, ni a las influencias escolares ni a la pareja. Cada uno es plenamente consciente y responsable de lo que sucede en su interior.

Y ser responsables de nuestras emociones, pensamientos y sentimientos solo es posible si aprendemos a amar a una persona: a nosotros mismos. Amar significa, entonces, reconocer nuestras partes –física, sicológica y espiritual— y recomponerlas a fin de lograr una armonía interna que nos identifique como una unidad. Debemos poner a dialogar todas las partes que nos componen, escuchando esas voces y dejándonos guiar por una gran maestra: la intuición.

En cada individuo se aloja la espiritualidad, la cuerda divina que nos mantiene en sintonía con el Universo. Muchas personas han creado bloqueos y defensas, sin saberlo, en su interior, tal vez por no haber recibido amor en la infancia o haber atravesado fuertes traumas. Sin embargo, todos pueden alcanzar la armonía que devenga en la libertad individual y por lo tanto abra el camino hacia el soñado bienestar total. Porque hace falta conocer la noche para valorar el día, saber lo que es la sed para disfrutar el agua, y saber que nos espera la muerte para dar sentido a la vida.

Vive realmente quien se encuentra en armonía consigo mismo, independientemente de lo que suceda fuera de él. Cuando esa armonía existe, en cualquier circunstancia en que nos encontremos, con cualquier persona que estemos, todo se ve influenciado por nuestro bienestar interior. Eso es verdadero amor, que se basa en el ser, no en el hacer.

Según el autor italiano Valerio Albisetti, no son las buenas acciones las que nos hacen buenos sino que si somos buenos, inevitablemente nuestras acciones tendrán incluida la bondad. Ya no reaccionaremos inmediatamente defendiéndonos cuando alguien nos ataca o nos ofende emotiva o sentimentalmente, sino que trataremos de comprender por qué nos ataca. Porque en el fondo, quien ataca u ofende tiene miedo de algo, de alguien. Tiene necesidad de algo, o de alguien. Algo o alguien que no posee o que tiene miedo de perder. Por lo tanto, comprender a la otra persona, entender su necesidad, identificar su miedo, nos indica el camino a seguir para nuestro bienestar.

En este sentido hemos de aprender también que lo que rechazamos en los demás son precisamente las actitudes propias que no aceptamos; buscamos en los demás lo que deberíamos buscar en nosotros; odiamos en los demás aquello que odiamos en nosotros; criticamos en los demás las actitudes que no hemos resuelto en nosotros.

Debemos aprender a reconocer nuestros problemas en los demás. Y si tenemos sentimientos negativos hacia una persona, significa en realidad que le estamos dando mucha importancia a ella –haciéndola dueña de nuestras reacciones, de nuestra fuerza– y poca importancia a nosotros. La situación debe plantearse a la inversa, pues debemos apreciarnos y tener confianza en nosotros mismos. Debemos aprender a centrarnos en nosotros, pues cada uno tiene un camino propio y debe honrar a la divinidad en su interior. Así, aunque parezca increíble, precisamente las personas que nos disgustan son las que más útiles resultan en el proceso de nuestro crecimiento espiritual.

Siguiendo los preceptos del maestro veda Swami Vivekananda, “todos los hombres deben ser tratados no por aquello que manifiestan, sino por aquello a lo que aspiran. Cada ser individual es potencialmente divino. La meta es manifestar esa divinidad interior controlando la naturaleza externa e interna”.


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